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Por Fernando Contreras Castro
Vinieron en una nave no muy grande que aterrizó en la Plaza Mayor, por pura casualidad y no porque tuvieran ni la más remota idea de lo que era aquel campo vacío ( arruinaron el césped ). Tardaron varios días ahí encerrados; pensamos que fue el tiempo que les tomó asegurarse de que el exterior no los perjudicaría. Finalmente, abrieron la puerta y comenzaron a bajar, desarmados, temerosos y con muchas expectativas, según parecía.
Nosotros nos aproximamos armados hasta los dientes y más de uno sugirió que disparáramos primero; pero no lo hicimos porque nos dimos cuenta de que ellos ni siquiera dispararían: ˇ no tenían con qué ! Por eso nos acercamos e intercambiamos un saludo muy tímido. Uno de ellos le tendió la mano a uno de los nuestros... "ˇsabían dar la mano!", observamos todos.
Tenían la piel como manchada, eso nos pareció a primera vista.
La verdadera sorpresa vino con el contacto: ˇ nos dimos cuenta de que ellos eran de madera ! Eran hombres y mujeres iguales a nosotros, en todo eran iguales, pero eran de una madera tibia, palpitante y, ˇ por qué no!, hasta hermosamente veteada.
Para ellos, la sorpresa de nuestra carne no fue menor: nos acariciaban la piel de los brazos y las mejillas, como nosotros a ellos, sin que ninguno pudiera dar crédito a lo que estaba mirando y palpando. Recuerdo que uno de los nuestros tocó la cabeza de uno de los visitantes y sonó como si hubiera tocado la puerta, entonces dijo: "machalá, machalá", y todos reímos con esa risa nerviosa, tan parecida al llanto...
Eran iguales a nosotros. Eran de diferentes tamaños, de diferentes colores, exactamente iguales a nosotros, pero no eran ni negros ni blancos, sino, como los colores de las maderas, había unos como morados, otros muy negros, otros rojizos, otros amarillentos; todos con esas formas nudosas en diferentes tonos que tiene la madera; olían como a sándalo cuando se agitaban. Era como ver esculturas vivientes, algunos altos y delgados, otros gordos... ˇ Qué sé yo !, eran iguales a nosotros, y simpatizamos rápidamente a pesar de que nunca entendimos su idioma tan extraño, ni ellos aprendieron nada del nuestro, aunque más de uno intentó hablarles en inglés.
Venían de otro planeta, eso era lo único claro de todo aquello, eran amistosos y querían verlo todo. Tomaban apuntes en unas maquinitas muy raras y tomaban algo así como fotografías, fotos, digo yo, porque era lo que parecía, pero eran máquinas muy raras... nunca volví a ver nada igual.
Nos estábamos entendiendo muy bien; sin embargo, en algo no habíamos reparado. Nos volvimos a ver, nos juntamos y cuchicheamos hasta concluir, no sin un sudor helado en nuestras frentes, que era imposible ocultarles lo que hacíamos con la madera en este planeta. Demasiado tarde, por lo demás, porque ya habían caído en cuenta de que muchas de nuestras casas estaban construidas con madera y eso lo arruinó todo, fue un gran impacto para ellos. Corrían hasta las paredes y las tocaban sin poder creer que estuvieran hechas del mismo material de sus cuerpos. Tenían una cara de desconcierto y de lástima, tanto que cuando vieron nuestros muebles, no lo soportaron: se abrazaban a ellos y lloraban que daba pena verlos. Trataban de comprender cómo había llegado toda aquella madera a adquirir esas formas tan serviles de nuestra anatomía carnosa, y volteaban las mesas y les hablaban a los pianos. Nos hacían gestos como pidiéndonos una explicación y nosotros se los devolvíamos con el mismo desconcierto, hasta que logramos llevarlos al parque, no sin mucho recelo de su parte porque, evidentemente ya temían que los convirtiéramos en puertas o en mondadientes.
En el parque les mostramos los árboles. ˇ Ustedes no se pueden imaginar las caras de aquellas personas de madera..! Daban gritos y se aferraban a los troncos. Era su misma naturaleza enraizada en la tierra con aquellas formas tan lejanas a sus cuerpos... ˇ que eran como nuestros cuerpos !
Los amigos de madera se acostumbraron con los días al espectáculo grotesco de verse sentados sobre el lomo de sus congéneres, utilizando los cientos de instrumentos que fabricamos con madera de su madera; al horror de las hogueras, que les parecía una suerte de auto inquisitorial, y al espanto de comprobar que, aún después de tratada con nuestros métodos de ebanistería, la madera envejecía como ellos, se arrugaba y se deformaba con los años. Pero veían también con esperanza los bosques y el fruto de los árboles, y eso les ayudaba a entender la vida sedentaria de sus primates, tan llenos de hojas y nidos entre las ramas.
A ellos no les salían hojas ˇclaro!, ni echaban raíces, ni daban frutos y menos aún intentaron comerlos, como sí comían carne sin reparo.
Lo que agotó definitivamente su tolerancia fue el descubrimiento de nuestros aserraderos con sus sierras filosas desmembrando los troncos, y los madereros con hachas y motosierras derribando en vida a los árboles inermes... Con eso se convencieron de que no estaban seguros en nuestro planeta.
Nosotros los observábamos con cautela, como es natural, y con asombro, como es inevitable. Los veíamos caminar por ahí, abrazados, a veces, en familias, algunos besándose y acariciándose, sin que se diera el menor ruido de matraca o de marimba que especulábamos que se escuchaba cuando hacían el amor. Y veíamos sus cuerpos tan firmes y jaspeados, como esculturas perfectas, más aún cuando dormían. Posiblemente a todos se nos antojara de vez en cuando algún apetito como ese que suscita la madera pulida y hace que acariciemos un mueble o un instrumento sólo por el placer epidérmico que nos produce, y algo semejante les pasaría a ellos, por lo que se veía en sus miradas...
Entonces nos dieron a entender que sus árboles eran de carne..., y nosotros no nos sorprendimos, más aún, era obvio, lo supimos casi desde el principio o, mejor dicho, lo dedujimos.
Algunos viajamos con ellos el día que decidieron partir. Estuvimos de acuerdo porque igual número de visitantes se quedó, en garantía de que nos regresarían. Y, en efecto, meses después volvimos de nuevo a casa.
No éramos los mismos, aunque desde el principio supiéramos a lo que íbamos; de hecho, ya ellos nos habían descrito un panorama idéntico al que habían encontrado. No obstante, volvimos perturbados, desesperados por regresar ante el espectáculo de los árboles de piel con sus frutos de carne humana jugosa de sangre colgando de sus ramas, árboles negros, árboles blancos. Arboles de todos los tonos de la piel, talados y torneados. Bosques enteros de troncos yugulados; aserraderos y mueblerías donde los convertían en sillas de muñones, armario con la expresión de pánico de la carne talada, muebles que envejecían y quedaban como abuelos embalsamados. Arte de carne, carne esculpida en forma humana que para nosotros era como ver cadáveres o maniquíes, y paredes de carne que se emblandecían y se arrugaban con el tiempo; columnas osteoporósicas, pisos de espaldas, sus redentores crucificados en cruces de muslos y brazos, extraños instrumentos minuciosamente elaborados, en los que adivinábamos huellas de carne joven: flautas de penes erguidos, violoncellos de torsos, gaitas de nalgas, ( que, en nuestra indignación en lugar de los "cien pipers" creímos ver un desfile de soplaculos ); brazos encordados, clavijeros de dedos y vientres resonantes. Algo había entre el horror y la excitación que hacía insoportable el espectáculo de sus ejecutantes manoseando toda aquella carne que sonaba, a pesar de todo, como un murmullo de placer; y yo entendí porqué siempre hallé formas humanas en los nudos de las tablas.
Nos devolvieron. Recogieron a los suyos y se marcharon... Nosotros no quisimos volver a hablar nunca más del asunto, y ustedes ahora lo saben.