

Subir, maestro, a aquesta canoa
que se aventura una vez más
y atraviesa el llanto,
no sé si pueda;
mas quiero darte un abrazo,
aunque sea con mis ojos,
antes que el barquero de hueso
intente cargar con mi peso.
Mis colores se desbordan
y dan tumbos por el mundo:
he pintado hoy las flores
y he teñido lo profundo
de este mar ennegrecido,
de peces hinchados y fríos,
que entre humo y gritos
de vida quedó desnudo.
En este arbusto, o el vecino
he de hallar un suspiro
que me pida vaciarme presto
y conquistar el delirio,
que me llama entre gritos,
flores, aves y amigos,
a entregar generoso
mi sangre de zafiro.
Tremor solitario,
amargo orgasmo seco:
han dado hoy las voces
y he visto los fuegos;
son las hogueras extranjeras
augurios y avisos
que de mi velo de seda
veré volar las cenizas.
En este rincón mohoso,
sobre el frío piso,
ronca de nuevo el poeta
de pluma flaca y sufrida;
tapando los huecos de las ratas
cuelgan cuadros y sonrisas:
que sea ésta la noche
cuando bebás tu vida.
Dulces han subido las almas,
envueltas en lágrimas;
es, Señor, tu volutad,
mi obra.
Andamos descalzos sobre las brasas
que piden un poco más de sangre
para ver si así
se callan y sacian.
Esta noche por fin
he visto mis ojos en los charcos:
tizones mudos y calmos;
a veces me da la impresión que he huído,
amado y vuelto a querer,
dando un respiro quedo,
que por un momento me hace pausar
en mi camino...