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Respuesta a Julio Rodríguez:
Lea columna
de Julio Rodríguez
"En vez de un conflicto entre
izquierdas y derechas, lo que hoy vivimos es la eterna lucha entre gente con
poder y gente sin él. Y estamos obligados a intentar repartir ese poder lo más
posible y a combatir los abusos, vengan de donde vengan."
Rosa Montero, columnista de El País
De "vivillos", candorosos, La Patada y
Fidel Castro. Una respuesta a Julio Rodríguez
Yo soy uno de los ocho "vivillos" (sospecho que somos más, pero no
importa) que firmó la carta que
tanto irritó a Julio Rodriguez, de acuerdo con su columna En Vela (7/05/2001).
Nuestra carta, valga decir, se refería a una violación evidente de la libertad
de expresión en Costa Rica: la prohición del programa La Patada. Un corto párrafo
se vinculaba con el tema cubano, y era para condenar la actitud del gobierno
costarricense, corta de miras y sujeta en extremo a los dictados de Washington,
en relación con una condena a Cuba en las Naciones Unidas. La mención a Cuba
era desde luego relevante: Costa Rica se unió a la condena impulsada por
Estados Unidos, apenas unas semanas antes de que un medio costarricense (La
Patada) fuera clausurado.
Nuestra corta referencia a Cuba desató las iras
de La Nación. En lo que respecta a ese tema, ese medio no logra superar los
esterotipos propios de la Guerra Fría. La Isla, como cualquier otro país, es
una realidad política compleja. Parte de la complejidad es que el régimen
cubano no está exento de logros y aciertos importantes, lo cual le asegura el
respaldo de un porcentaje de la población. Nadie menos que el presidente del
Banco Mundial acaba de alabar sus logros del país en materia de mortalidad
infantil, cuyos índices ha logrado disminuir Cuba, pese a la intensificación
de la crisis durante los años noventa. Al mismo tiempo, persisten las denuncias
de grupos independientes, a los que no se deja espacios de expresión. No
obstante, poner a Pol Pot y Castro en un mismo saco, como hace Rodríguez, es
una falta total de seriedad, que no contribuye en nada a aclarar a los lectores
la compleja realidad política cubana. Creo que La Nación no se da cuenta, pero
el procedimient! o ! de satanizar todo lo que venga de Cuba, iniciado en los años
sesenta, ya nos tiene cansados a los lectores.
Nadie exaltó en nuestra carta
la figura de Castro, como dice Rodríguez (aunque puede ser legítimo hacerlo,
allá cada quien): condenamos el gesto poco sensato del gobierno costarricense
de unirse a una condena contra Cuba, fabricada en Estados Unidos por un
presidente que se empeña en una política anticubana, claramente violatoria del
derecho internacional, y que lo hace además por compromisos electoreros. El
gobierno de los Estados Unidos, que comercia y negocia con dos
"paladines" de los derechos humanos como China y Vietnam, sin hacer
muchos ascos, promueve una condena a Cuba por violación de los derechos
humanos. Rodríguez nos acusa de falta de coherencia: ¿Habrá algo menos
coherente que esa actitud del gobierno de Busch? Llamemos las cosas por su
nombre. Eso se llama hipocresía. Además de cobardía. Se castiga a la población
cubana, con un bloqueo que dura ya casi cuatro décadas, pero se comercia sin
problemas con China. Claro, China tiene más de mil millones de habita! nt! es,
y es un mercado apetitoso, pero Cuba sólo tiene 11 millones de personas, y
puede servir para mantener contentos a los "halcones" en Washington.
Supongo que esa la "coherencia" que nos reclama Rodríguez.
Y en vez de tomar distancia, para contribuir de
una manera inteligente a la evolución futura de la política cubana, nuestro
gobierno se une dócilmente al carro de Washington. Pero en todas partes se
cuecen habas: condenamos a Cuba por violación de los derechos humanos, como si
estuviéramos inmunes a los abusos del Poder. Casi al mismo tiempo, la actitud
de los dueños de Monumental mostró que no estamos ayunos de limitaciones a la
libertad de expresión. Y eso que no mencionamos que nuestro gobierno acaba de
despedir al embajador tico en Nicaragua, por denunciar la violacion de la
dignidad de los nicaragüenses en la Aduana de Peñas Blancas.
Por otro lado, Rodríguez se pregunta si los
autores de la nota sabemos que el mercado es el sistema imperante en los países
libres del mundo. Parece una broma. Chile, Argentina y Corea del Sur en su
momento mostraron claramente que libertad política y libertad de mercado no son
necesariamente sinónimos. Como tampoco mercado y libertad política se llevaron
muy bien que digamos en tiempos de McCarthy, en los Estados Unidos. La lista
puede seguir, pero el principio es el mismo: gobiernen las burocracias
comunistas, o regímenes liberales, el Poder amenaza siempre a la libertad de
expresión. Y hay que ponerse "vivillo" y sacudirse, para mantener al
menos algunos espacios (como La Patada), aunque no le guste a Julio Rodríguez.
Miguel Rojas Rodríguez
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