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De paraísos artificiales y frutos prohibidos

Jorge Jiménez

Según la fábula bíblica fuimos expulsados del Edén por el desatino de un Dios iracundo y deseoso de mantener a la pareja primigenia en condición de mascotas. Arrojados, hombres y mujeres no tuvimos otro remedio que construir nuestros propios paraísos: los paraísos artificiales.

De este modo, la cultura, imperio de lo humano por excelencia, es artificio (arte y oficio), artilugio (arte y lujo) -lujuria en el más hondo sentido de la palabra. Constituimos un linaje fatalmente parricida y matricida: en los paraísos artificiales Dios sobrevive únicamente como simulacro y la Naturaleza como nostalgia y desecho. La cultura es la muerte de Dios y de la Naturaleza. Los paraísos humanos resultan, entonces, mucho más interesantes y complejos que el paraíso divino.

Nuestros paraísos están regidos por dioses fugitivos y erráticos, dioses como el Abraxas de Herman Hesse, aquel que era ángel y demonio, bien y mal, caprichosa combinación de lo abyecto y lo sublime en sus infinitas variedades. Nuestros dioses son los dioses borrachos de la música y la poesía, los desquiciados dioses del erotismo y de la ciencia, de la gastronomía y la mecánica. Venimos de una gloriosa estirpe de dioses malditos y rebeldes, llámense Luzbel, Prometeo o Jesús, todos ellos arrojados y martirizados por dioses filicidas. Pero al igual que Mefistófeles o Nosferatu, señores de las tinieblas, los humanos nos hemos hecho en el reino de este mundo, del que nunca saldremos vivos.

Rachel Darrian

La droga es uno de los frutos prohibidos más codiciados en nuestros paraísos artificiales: hay quienes se obsesionan por disfrutarla y quienes buscan de todas las maneras posibles prohibirla y exiliarla al lado oscuro de la vida. En nuestra época la satanización de las drogas ha llegado a tal punto de delirio que conviene hacer algunas precisiones que en otras condiciones hubiesen parecido ociosas.

Posiblemente no basta con recordar que muchas drogas son sustancias naturales que el ingenio humano, a lo largo de la historia, ha sabido seleccionar y ha favorecido con su cultivo, o como en el caso de las llamadas drogas sintéticas o de diseño, en donde las habilidades del artificio humano se ven plenamente potenciadas. Creo que se hace necesario ir más allá, y tenemos que señalar que las drogas deben considerarse entre los más importantes productos culturales de la humanidad.

¿Por qué afirmo esto que podría parecer tan a contrapelo con el discurso médico y político de nuestros días? Una visión a la antropología de las drogas nos revela la historia de innumerables culturas cuya producción simbólica -arte, cosmologías, cielos e infiernos- está compenetrada con el culto y el empleo ritual de los hongos mágicos, el peyote y la mariguana o haschisch. Robert Graves argumenta -con su acostumbrada erudición-, cómo las mitologías paradisíacas eran similares entre polinesios, sumerios, mexicanos, griegos e hindúes antiguos y lo atribuye a «una droga alucinógena (que) causaba visiones paradisíacas y proporcionaba la notable iluminación mental descrita como "la sabiduría perfecta"(Graves, p.103, 1984)». Para Graves, el segundo nacimiento de Dionisio (hacia el II milenio A.N.E.) está asociado, no con la invención del vino, sino con el descubrimiento de las propiedades alucinógenas de cierto tipo de hongos que luego van a ser sacralizados por los sacerdotes de los misterios eleusinos y órficos. Toda esa construcción mitológica -según el autor- encuentra su origen en la utilización de los hongos alucinógenos y otros psicotrópicos que las culturas antiguas seleccionaron de su entorno natural.

Profundizar en esa perspectiva, -tal y como lo hace entre otros también el español Antonio Escohotado- nos permite formarnos una concepción distinta del papel que han desempeñado las drogas en la historia de la cultura y a la vez tiende a mitigar el griterío puritano que condena a ciegas las drogas, con lo cual podemos reflexionar más lúcidamente sobre este fenómeno.

Y esto por cuanto cualquier estudio antropológico nos muestra con claridad que toda cultura humana ha usado siempre distintos elíxires que le han permitido a los hombres y mujeres juguetear con el principio de realidad, conversar con sus deidades luminosas y oscuras y potenciar sus goces y placeres. Pareciera que la psiquis humana no soporta la sobriedad permanente, por eso el sueño es su antídoto natural; pareciera que la realidad nos resulta demasiada insípida. El mundo es prosaico, pobre, mezquino, insuficiente. Por ello nos hemos inventado todos ese aparatejo de inutilidades a las que llamamos música, literatura, pintura y filosofía, de ahí que nos ingeniemos mitos y religiones y le insuflemos vida a dioses y demonios, por eso es que cuando miramos un arco iris sospechamos que en su origen se encuentran tesoros y unicornios.

Darrian

Pero ¿Qué ha pasado con esas maravillosas sustancias en el mundo contemporáneo? En el caso de los hongos, su tradición se ha visto interrumpida por múltiples razones culturales y sociales que no podemos abordar en este artículo (remitimos al lector interesado a la obra de Graves, Wasson y Escohotado).

Vamos a enfocar nuestra atención en torno a las drogas que se consumen en el mundo actual.

Lo que ha trastornado radicalmente la relación de nuestra cultura con las drogas es, por un lado su transformación en mercancías (legales o ilegales) y, por el otro, la política de prohibición que pesa sobre un pequeño grupo de drogas, las cuales han sido satanizadas, es decir, exaltadas como las únicas malignas o degenerativas.

Cuando el mercado se dedica al negocio de los fármacos, alcohol y tabaco, el consumo que se fomenta a través de la publicidad es, precisamente el que exige toda dinámica de mercado: un consumo vertiginoso, incesante, cuyo único objetivo es vender la mayor cantidad posible en el menor tiempo posible. De este modo a los empresarios que se dedican a la venta de las drogas legales, no les importa la salud de los consumidores, ni si son niños o adolescentes los que tienen acceso a sus mercancías. Lo único que buscan es hacer buenos negocios. La industria del tabaco, por ejemplo, ha ocultado sistemáticamente información sobre las propiedades cancerígenas y fuertemente adictivas de sus productos y ha diseñado una campaña que manipula hábilmente el imaginario de los adolescentes para incorporarlos al consumo, en un afán de ampliar su mercado y sustituir a los fumadores fallecidos. Esto ha quedado en evidencia con ocasión de las demandas millonarias que empezaron a enfrentar las tabacaleras norteamericanas recientemente. Pero a la vez -y aunque esto parezca paradójico- la prohibición que pesa sobre un cierto número de sustancias tiene también consecuencias nefastas. Veamos algunas de ellas.

La política prohibicionista, tal y como la hemos experimentado, utiliza un enorme aparato represivo que sin embargo, no ha podido ni podrá acabar con los que negocian con las drogas ilegales, ni tampoco ha logrado impedir que se sigan consumiendo este tipo de sustancias.

El negocio de las drogas se ha convertido en el segundo en importancia económica en el mundo después de la venta de armamentos, por lo que genera una ola de violencia de grandes dimensiones en la que posiblemente muere más gente en las refriegas represivas y en las luchas intestinas del narcotráfico, que por efecto directo de las drogas prohibidas (Solo durante el mes de mayo de este año se reportaron en Costa Rica al menos 4 asesinatos de gente aparentemente involucrada en el narcotráfico, en cambio ninguna víctima de la ingestión drogas, aunque es posible que las hubiera).

La lucha actual contra las drogas debe verse como el enfrentamiento entre grandes facciones de capitalistas, legales unos (los que tienen a su servicio a la policía, es decir a los pistoleros uniformados) e ilegales otros (los que tienen a su servicio a los pistoleros sin uniforme). Aunque esto no es tan rígido. Sabemos muy bien que muchos capitalistas legales combinan sus negocios con actividades ilegales, de tal modo que hay un importante sector financiero que se dedica al blanqueo de capitales provenientes del narcotráfico y que tienen una fachada completamente ajustada a la ley.

Cuando los aparatos estatales proclaman que lo que interesa en la batalla contra las drogas es la salud pública, debe entenderse que lo que se dice es fundamentalmente falso. El neoliberalismo finisecular no está interesado ni por la salud ni por la vida de nadie. En esta sociedad se desprecia la vida humana y natural. Lo único que realmente le interesa a los sectores en conflicto (gobiernos y narcotraficantes) es el problema de en manos de quién quedan los narcodólares y cómo se ganan posiciones estratégicas en la geopolítica internacional.

Darrian

La prohibición no ha logrado impedir nada. La represión sirve únicamente para encarecer el producto: el pago de la ilegitimidad, del riesgo a la cárcel, el tener que saltar aduanas y el precio de la corrupción de toda clase de funcionarios, en los que figuran, como bien sabemos, técnicos, empresarios, diputados, magistrados, presidentes y hasta candidatos presidenciales.

Por todo esto creo que es necesario legalizar todas las drogas y que su distribución sea gratuita y esté a cargo de instituciones de salud social, tales como la Caja [Costarricense del Seguro Social].

Con una política de ese tipo logramos lo que no ha podido la prohibición represiva. Por un lado acabaríamos con los narcotraficantes ya que ningún consumidor le compraría la droga que necesita a un comerciante clandestino, pudiendo obtenerla gratuitamente en una institución sanitaria. A la vez ningún grupo mafioso se pondría a vender una sustancia que se distribuye gratuitamente. Simplemente no hay negocio posible. Esto se vio muy claramente durante la década de 1920, cuando se prohibió el alcohol en los Estados Unidos. Una vez legalizado acabaron las mafias ligadas a la bebida, o bien cambiaron de actividad pasándose al narcotráfico.

Por otro lado hay que evitar a toda costa que las drogas prohibidas puedan llegar a ser comercializadas legalmente por compañías privadas ya que simplemente sería legalizarles los negocios a los carteles o fortalecer los carteles legales. Pensemos que el «cartel» de la Phillip Morris ya tiene registrado varios nombres para comercializar mariguana por si se llegara a legalizar.

Que las drogas ahora ilegales, puedan obtenerse en las instituciones de salud pública (así como se obtiene cualquier medicamento), permite además garantizarle al consumidor una droga de buena calidad y de una calidad estable. Esto es muy importante ya que gran parte de las muertes se producen por sobredosis o contagios por la mala calidad de la droga o por la escasez de jeringuillas.

Además permite que los consumidores dejen de verse como delincuentes e impide que lleguen a delinquir para pagar los altos precios de la droga ilegal.

Así quien consume drogas puede tener además la oportunidad de recibir una información más detallada de los distintos tipos de drogas, tanto de sus peligros como de sus características sicotrópicas. Y esto permitiría que mucho miserable sustituya el consumo de drogas muy peligrosas (la piedra, por ejemplo) por otras menos lesivas. Nótese que no estoy planteando «fomentar» el consumo de drogas. Por lo que me inclino es porque asumamos colectivamente la responsabilidad social que nos corresponde con las drogas ilegales, legalizándolas y enfrentando el reto de su manejo social y cultural, es decir de su humanización. Lo que además nos permitiría aprovechar los aspectos terapéuticos y placenteros que ofrecen algunas drogas y que no son de un uso muy riesgoso. La legalización parcial de la mariguana para el uso de ciertas enfermedades o tratamientos en los Estados Unidos, constituye un buen inicio en ese sentido. El alcohol, con todos los riesgos que implica, sin embargo ha servido para acumular una experiencia cultural valiosa que permite un manejo social mucho más efectivo que si estuviera prohibido.

Con la prohibición se niega fundamentalmente el derecho de elección individual y de que cada quien haga con su vida lo que le venga en gana, y a la par de ello, la negación del placer y del ocio a que invitan ciertas drogas, lo cual es combatido encarnizadamente por la moral capitalista que ensalza el trabajo y la fatiga como si se tratara de una virtud.

Eliminar la prohibición de las drogas, permite, también disipar múltiples fantasmas que hacen del consumo un consumo más seductor y potencialmente más autodesctructivo. La prohibición hace de la droga el objeto del deseo por excelencia: es la mercancía prohibida, es el goce que se niega y por lo tanto se rodea de más misterios de los que realmente tiene, o se ponen en ella más goces imaginarios de los que posiblemente puede dar.


Darrian

Quisiera terminar prenguntándome por el criterio de normalidad que impera en nuestra sociedad y por el asunto de las adicciones.

A todos aquellos que se consideran normales en la sociedad contemporánea les queda como anillo al dedo aquello que dice: «estoy tan muerto que ni me percato de mi propia hediondez». ¿Quién es normal en nuestra sociedad? El que consume alcohol y tabaco, válium, cocaína o helados mónpik; el adicto a los cultos de sanidad divina, al estadio o a la dosis de televisión diaria. O el adicto a la sobriedad que, tras de que se priva voluntariamente de ciertos placeres, tiene la necedad de presentársenos como un virtuoso.

A las capacidades adictivas de muchas sustancias se debe agregar la psicología social adictiva de la sociedad contemporánea. El capitalismo de fin de siglo es fundamentalmente adictivo: constituye "sujetos" dependientes, minusválidos, escindidos. A estos sujetos se les ofrece como consecuencia un cosmos de adicciones; más aún, se les ofrece un proyecto de vida diseñado para adictos: los laborómanos o adictos al trabajo, los que le rinden culto a la empresa o a la institución, los adictos a la industria del entretenimiento con su universo de frivolidades y evasiones, los concurso- dependientes y consumidores de todo tipo de chunches, los adictos a los cultos religiosos, desde ovnis y computadoras, pasando por toda suerte de cristomanías, santorales, horóscopos y demonologías, hasta los adictos al porno, a las dietas, a las motocicletas y más recientemente a los teléfonos celulares, bípers, tarjetas de crédito, internet, videojuegos, etc... Quien esté libre de adicciones que tire la primera piedra.


La desarticulación de las relaciones de socialización y la consecuente confinación de los individuos a sus frágiles esferas privadas, hace que el consumo de algunas drogas adquiera un carácter más destructivo: el individuo aislado, refugiado en su nicho privado, en muchos casos, recurre al consumo de los objetos prohibidos con ritmos más obsesivos y autodestructivos.


Si se logran articular relaciones básicas de socialidad y resistencia frente a la disolución de los sujetos que sistemáticamente provoca esta cultura, formando grupos y cofradías de amistad para compartir la sexualidad, las drogas, la música, la poesía y el conocimiento, es muy posible que los ritmos del consumo de las drogas tienda a ser menos destructivo y se convierta en una forma más orgánica de socialización, de exploración de la realidad externa e interna, de goces humanos más constructivos y placenteros.

Me parece sensato aspirar a que si se consumen drogas, esa decisión responda a un acto consciente y maduro de quien así lo quiere, que sea además una elección basada en un buen conocimiento de los distintos tipos de drogas y que responda más al deseo de ampliar el goce y los placeres del sujeto y no un paliativo a su miseria material y espiritual. Esto, sin embargo, requiere de profundos cambios políticos y culturales.


Darrian Graves, Robert. Los dos nacimientos de Dionisio. Trad. Lucía Graves y Maya Flakoll. Seix Barral. Barcelona. 1984.
Escohotado, Antonio. Historia general de las drogas. Alianza Editorial. Madrid: 1989.
Wasson, Gordon R. El hongo mágico de Teotihuacan. Fondo de cultura económica. México DF: 1985.
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