La leyenda de las dos
Torres
Jorge Jiménez
Milenios después de que Yavé confundiera las lenguas en Babel y
dispersara a los hombres por la faz de la Tierra, obligándoles a
dejar la Torre y la Ciudad inconclusa, un pueblo nuevo ocupó un
continente desconocido en los tiempos remotos. Ese pueblo finalmente
se volvía a agrupar después de la Gran Dispersión que se indicara
en el Génesis. Sus Tetrarcas y Farahones Imperiales quisieron
reemprender el vetusto proyecto. Pero esta vez tomaron precauciones
astutas y efectivas. Y razonaron así: "Yavé ya confundió las
lenguas y nos dipersó por la ancha espalda de la Tierra. Cedimos en
nuestro empeño por alcanzar los cielos y desde entonces Yavé
descansa y envejece..." Entonces se dijeron unos a otros
"Construyamos una ciudad con dos Torres que lleguen hasta el
cielo; así coronaremos nuestra fama, desde ahí gobernaremos el
mundo entero, el mundo que Yavé nos otorgó al propiciar nuestra
dispersión y la multiplicación de las lenguas". Pero los
Tretarcas y Farahones Imperiales eran sagaces y hablaron de este
modo: "Yavé ha envejecido y ha descuidado las andanzas de los
hombres sobre la Tierra.
Conspiremos y tendamos una celada al anciano". Emprendieron,
entonces, una embajada para agazajar a Yavé. El arcaico Dios
recuperó su vanidad juvenil y accedió a las lizonjas humanas. Los
embajadores embriagaron a la deidad y la decapitaron. Volvieron a la
Tierra y dijeron al consejo de los Tretarcas y Farahones Imperiales:
"Hemos cumplido nuestra embajada, ¡Dios ha muerto!" Con
paso firme y seguro, entonces, emprendieron el proyecto y se dijeron
unos a otros: "Esta vez construyamos dos Torres, la una será
el espejo de la otra y ya nada podrá destruirlas". La ciudad
prosperaba y el pueblo se arrobaba viendo el ascenso imparable de
las Torres. Para su edificación arrancaron metales de las entrañas
de la Tierra, templaron cristales impolutos en factorías lejanas,
emplearon brazos de pueblos sojuzgados, amazaron concretos y
ladrillos extraídos con dolor y penas muchas. Los Tretarcas y
Farahones imperiales sustituyeron al derrotado Yavé por Hermes,
Dios del comercio y del robo, Dios de la acumulación y del orgullo
ostentoso, y le ofrendaron billetes que decían en su idioma
"In God we trust". Las Dos Torres campearon victoriosas
por décadas, llevaron el nombre de Hermes y se proclamaron
indestructibles.
Una mañana del milenio nuevo, Yavé resucitó, envió dos lenguas
de fuego y derribó las Dos Torres... el viejo Dios Iracundo les dejó
este mensaje:
Yavé os ama.
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