Destino del Talibán
Por: Helio Gallardo
Semanario
Universidad
Semana del 23 al 29 de noviembre del 2001. Año VII, Edición 285
Una grabación,
reputada como ilícita, hecha al candidato presidencial
liberacionista Rolando Araya y a personal universitario en las
instalaciones de Radio Universidad, fue difundida ampliamente en días
pasados con claros propósitos electorales. Los alcances jurídicos
de esta reproducción, realizada aparentemente sin el consentimiento
de los participantes, deberán discutirse, para lo que corresponda,
en los tribunales. Su proyección moral y eventualmente electoral no
puede, en cambio, resolverse allí ni en las decisiones
administrativas en contra del funcionario o los funcionarios que
perpetraron la acción y pusieron en circulación lo grabado. Araya
ha declarado que lo sucedido seguramente no fue gratuito y podría
formar parte de una conspiración. A él y a los restantes actores
que se consideren lesionados corresponde tramitar las acciones
legales correspondientes.
En lo que
respecta a la proyección de imagen, el resultado es lamentable. Y
no sólo porque las referencias de Araya sobre la salud y
personalidad de su rival electoral, Abel Pacheco, y sobre los
enfermos mentales parecieran parte de la novela Cruz de olvido,
producción textual en la que Carlos Cortés (premio nacional), con
gracia literaria o sin esta, retrata y escarnece o a la clase política
costarricense o a algún sector particularmente degradado y
rufianesco de ella, sino por su estilo tabernario en el que cada
frase coloquial es terminada con un apocopado "huevón"
y acompañada de risotadas y alientos para reforzar lo que Araya y
dirigentes de su campaña consideraron "chistes" de
dominio público levantados inicialmente incluso por diputados del
PUSC. Que la grosería comprenda a muchos o a todos los políticos
no la justifica. Y la grabación hiede a eructos, pedos y a
vigorosos palmoteos de autosatisfacción. Si la clase política se
abandona y gratifica así en privado, cuesta imaginarla ya no sabia,
sino meramente circunspecta en lo público.
La propaganda
que sostiene a Rolando Araya reitera algo obsesivamente que su
candidato ha estudiado para ser estadista y que su campaña propone
'ideas'. Puede ser. No es éste el lugar ni la ocasión para
discutir esas 'ideas'. Pero un estadista, o sea un hombre público
que además se quiere humanista, es también una personalidad
integral. Y en esta parte de su formación, no de su capacitación,
Araya parece haber quedado debiendo esfuerzos y constancia. En algún
momento, aun después de la victoria o la derrota (esto no es en
realidad lo importante), debería disculparse no necesariamente ante
Abel Pacheco sino ante la ciudadanía a la que desea servir y a la
que busca liderar. El voto masivo que obtendrá, gane o pierda,
debería potenciarlo para una reparación que formaría parte
efectiva de su conversión.
Rolando Araya,
en todo caso, resolverá su suerte inmediata en estos sucesos en los
tribunales y mediante la prueba electoral. De la turbia incidencia
debería aprender que su comportamiento privado debe ser también
respetable y respetuoso, no porque Luis Fishman pueda grabarlo o
filmarlo, o Carlos Cortés esperpentizarlo, sino por autoestima.
Diverso es el
caso de los otros participantes en la polémica (¿sólo por ilícita?)
y difundida grabación. Se trata o de académicos o de funcionarios
de la Universidad de Costa Rica que hacían de anfitriones del
candidato en un recinto, Radio Universidad, que forma parte del
campus. Tenían ante él, su invitado, responsabilidades
institucionales y profesionales. Sin aspavientos ni fingida pompa
pudieron evitar, combinando rigor y simpatía, que el escenario (¿público,
privado?) se degradara rebajando a todos. La grabación los desnuda,
en cambio, avivando con risotadas y chirigotas la 'jocosidad' del
encuentro. Estos académicos y funcionarios no deberían hoy
invisibilizarse tras Rolando Araya. Le deben a la comunidad
arrepentimiento, una autocrítica y un cambio de proceder.
Al momento de
redactar estas líneas medio leo un texto en el que la Vicerrectora
de Investigación, Dra. Yamilette González, solicita al Consejo
Universitario censurar y castigar al semanario UNIVERSIDAD por
publicar informaciones que, a su juicio, sesgan la realidad de la
institución y la ofenden a ella y al Rector. Desgraciada suerte,
aunque merecida, la del autodestructivo talibán. En cualquier caso,
y antes de que cierren este medio o me declaren non grato, declaro
que este artículo no forma parte de ninguna conspiración para
restarle méritos a las autoridades universitarias ni tampoco para
atribuírselos. El semanario es un medio crítico, no órgano de
propaganda. Dicho lo cual, y cumplido el deber, encomiendo mi suerte
y la de los compañeros del periódico, a cualquier divinidad (¿pública?
¿privada?) afgana, cristiana, confucista o monetaria. No tanto para
salvar nuestras almas sino para que contribuyan a equilibrar
autoridad con paciencia y penitencia, con decoro, autocrítica y
humildad.
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