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La política oficial de los EE.UU. ya ha sido anunciada. Se ofrece al mundo una "severa elección": uniros a nosotros o "enfrentaros a un panorama cierto de muerte y destrucción."



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Si el gobierno busca un país cortado... es porque quiere al pueblo bien ensartado!



 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Anudados por la muerte, por Helio Gallardo

Bruce Willis falló esta vez a la cita en Nueva York, James Bond no conoció la conjura contra Washington y el ubicuo Mickey Mouse no estuvo para puerilizar y esterilizar la brutal destrucción y la muerte. No se vea ironía en el encabezado de estas líneas. El sufrimiento, confusión y dolor de las personas, en particular de los sencillos y humildes, debería convocar siempre en todos el reconocimiento y la solidaridad humanos y, también, la pregunta de cómo hemos colaborado para que el daño terrible se produjera y qué tendríamos que hacer para que no se repita. Mas este acompañamiento no puede ser selectivo. Las acciones criminales contra el Centro Mundial de Comercio, por ejemplo, deberían ser tan repudiadas y jurídicamente penadas como las que se cometen en Gaza, Cisjordania o Jerusalén, o como las que se permitieron, alentadas entre otros por el gobierno de Estados Unidos, en Ruanda y Burundi. Sólo en la primera y en 1994, se aterrorizó y asesinó a más de 500.000 seres humanos, todos civiles. No se trata de equiparar sufrimientos y víctimas, sino de sentir que el dolor de cada persona, tutsi, palestina, judía o estadounidense, debería convocarnos culturalmente a la solidaridad y políticamente al autoexamen.

Se equivoca por eso el presidente Bush cuando dice a su ciudadanía que los recientes actos de asesinato masivo "tuvieron como propósito aterrorizar a nuestro país y empujarlo al caos y acobardarse". Nadie podría esperar que los grandes especuladores y capitanes de monopolios y oligopolios que utilizan su presidencia se 'acobarden'. La destrucción inicial, la muerte de miles de empleados y civiles, se transformará, en el mediano plazo, en negocio. El así llamado 'terrorismo' --o sea la acción brutal, despiadada y antihumana de 'los otros'-- será incorporado a los buenos negocios. La guerra es un buen negocio. La incertidumbre es un buen negocio. Con el terror se puede hacer negocio. En verdad, todo es buen negocio si se consigue traspasar los costos a los consumidores y  se permanece vivo para la próxima venta. Más próxima a esta realidad 'civilizatoria' estuvo la estadounidense que, turista en Costa Rica, fraseó lacónicamente ante el horror: "el problema es que Estados Unidos cree que todo el mundo los quiere".

La mujer acierta. Moviendo el secuestro de los aviones comerciales y estrellándolos contra edificios símbolos llenos de gente común, estuvo el odio. El odio es un sentimiento humano y entenderlo así, a diferencia del presidente Bush, quien ve en las acciones que

estremecen su mandato "actos diabólicos", contribuye a introducirse en el autoexamen político: ¿Qué hacemos que excitamos contra nosotros el odio? El hoy presidente Bush tiene espejo: el liderazgo mundial de la minoría que dirige Estados Unidos es etnocéntrico, prepotente y arrogante, intransigente, no estima los saberes de otras culturas y las vulgariza con el espíritu de su grosería. El modelo económico de estas minorías impone codiciosamente la desigualdad y destruye aceleradamente el hábitat natural y las tramas sociales. Su geopolítica rapaz, bárbara, cínica, es la guerra. ¿Por qué todos habrían de amar las acciones y los efectos de las acciones de estas minorías despiadadas? ¿No podrían 'otros', los pisoteados, los ninguneados, los condenados, vivirlas como terror e idolatría? El presidente Bush estima que su país es bíblicamente 'luz en la colina'. Tal vez lo sean las acciones de solidaridad que gente humilde y trabajadores públicos mostraron hacia sus conciudadanos heridos y conmocionados. Pero este acompañamiento no es privilegio estadounidense. Es humano y pudo verse en Ruanda, se ve en Gaza, y ha animado siempre a poblaciones tan empobrecidas como las de Honduras, Chiapas o Ecuador.

La solidaridad ante el dolor y la muerte gestados por el odio asumen que éste es un sentimiento humano cuyas fuentes y efectos deben transformarse. Un policía de Manhattan sosteniendo a una mujer afroamericana de edad que, herida y confusa no atina a alejarse del peligro, escenifica una propuesta moral y política: las personas pueden ser solidarias, pero también pueden odiar. En el Génesis, el Dios de los judíos interroga a Caín: ¿Qué has hecho con tu hermano?

El triunfo último del terror consiste en traspasar el odio. Cuando Bush promete únicamente represalias, y sus confundidos ciudadanos parecen desearlas, confirma su primitiva adhesión fundamentalista a una espiral de destrucción y muerte. Ningún maquillaje puede disimular que en esta espiral de venganzas aúlla el anudamiento cómplice con una deshumanización que amenaza con destruir el mundo. "Caín", preguntó el conflictivo Dios mítico, y con él a todos los estadounidenses, y a nosotros, "¿qué has hecho con tu hermano?".

 



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Kasandra 1997-2001