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El
teatro del terror
JOHN LE CARRÉ
Jueves, 18 de octubre de 2001
www.elpais.es
Ocho de octubre de 2001. 'Empieza el
bombardeo', chilla el titular de hoy del normalmente circunspecto
Guardian. 'Batalla unida', se hace eco el igualmente cauto Herald
Tribune, citando a George W. Bush. Pero, ¿con quién se ha unido?
¿Cómo acabará esto? ¿Qué les parecería con un Osama Bin Laden
esposado, con un aspecto más sereno y más parecido a Cristo que
nunca, ante una tribuna donde están sus vencedores y con Johnny
Cochrane como defensor? Los honorarios no serían ningún problema,
eso está claro.
¿O un Bin Laden hecho añicos por una de esas bombas inteligentes
que, según parece, son capaces de matar terroristas escondidos en
cuevas pero dejan la vajilla intacta? ¿O hay alguna otra solución
que no se me haya ocurrido y que evite que convirtamos a nuestro
gran enemigo en un gran mártir para aquellos para los que ya es un
ser casi divino?
Sí, hay que castigarle. Hay que llevarle ante la justicia. Como
todo ser cuerdo, no veo otra salida. Enviemos alimentos y medicinas,
suministremos ayuda, recojamos a los refugiados muertos de hambre, a
los huérfanos tullidos, los pedazos de cuerpos -lo siento, 'daños
colaterales'-, pero no hay más opción, hay que cazar a Bin Laden y
a sus terribles secuaces.
Lamentablemente, más que el merecido castigo, EE UU añora en estos
momentos más amigos y menos enemigos. Y lo que se está reservando,
como nosotros los británicos, es aún más enemigos; porque tras
todos los sobornos, amenazas y promesas con que se ha remendado esta
coja coalición, no podemos evitar que, cada vez que un misil mal
dirigido se lleve por delante un pueblo inocente, nazca otro
bombardero suicida, y no se ve cómo eludir este endiablado ciclo de
desesperación, odio y, de nuevo, venganza.
La maquillada grabación televisiva y las fotografías de Bin Laden
sugieren que se trata de un hombre con un narcisismo homoerótico,
lo que quizá nos dé alguna esperanza. Cuando posa con un Kaláshnikov,
asiste a una boda o consulta un texto sagrado, muestra con cada
gesto de autoadoración que es tan consciente de la cámara como un
actor. Tiene altura, belleza, gracia, inteligencia y magnetismo,
todos ellos grandes atributos, a menos que se sea el fugitivo más
de moda del mundo y se haya huido, en cuyo caso son un incordio difícil
de disfrazar. Pero el más grande de todos, a mis fatigados ojos, es
su apenas contenible vanidad masculina, su apetito por la
teatralidad y su inmensa pasión por estar en el candelero. Y puede
que este rasgo sea su perdición y le induzca a un acto final dramático
de autodestrucción, producido, dirigido, escrito e interpretado
hasta la muerte por el propio Osama Bin Laden.
Según las reglas del terrorista, por supuesto la guerra se perdió
hace tiempo. Según nosotros, ¿qué victoria podríamos obtener
equiparable a las derrotas ya sufridas, por no hablar de las que nos
esperan? El 'terrorismo es teatro', me dijo en 1982 en Beirut un
agitador palestino de voz suave. Hablaba del asesinato de los
atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich, pero podría
estar hablando de las Torres Gemelas y del Pentágono. Al difunto
Bakunin, evangelista del anarquismo, le encantaba hablar de la
propaganda del Acto. Es difícil imaginar unos actos de propaganda más
teatrales y potentes que estos.
Bakunin en su tumba y Bin Laden en su cueva deben de estar frotándose
las manos mientras nos embarcamos en un proceso tan caro a los
terroristas de su calaña: duplicamos a toda prisa nuestras fuerzas
policiales y de inteligencia y las dotamos de más poder,
suspendemos derechos civiles básicos y limitamos la libertad de
prensa, imponiendo puntos negros informativos y una censura secreta,
nos autoespiamos y, lo que es peor, violamos mezquitas y acosamos en
la calle a pobres ciudadanos porque nos da miedo el color de su
piel.
Y los miedos compartidos -¿me atrevo a volar?, ¿debería llamar a
la policía para hablarles de esa pareja tan rara del piso de
arriba?, ¿sería más seguro no conducir por Whitehall esta mañana?,
¿ha vuelto mi hijo sano y salvo del colegio?, ¿se han hundido mis
ahorros de toda la vida?- son justo los miedos que nuestros
atacantes desean que tengamos.
Hasta el 11 de septiembre, EE UU era feliz machacando a Putin por su
carnicería en Chechenia. Le decían que la violación rusa de los
derechos humanos en el norte del Cáucaso -todo el mundo estaba de
acuerdo en la existencia de tortura generalizada y asesinatos
equivalentes a un genocidio- obstaculizaban unas relaciones más
estrechas con la OTAN y EE UU. Incluso había voces - entre ellas la
mía- que sugerían que Putin se uniera a Milosevic en La Haya;
acabemos con los dos juntos. Bueno, adiós a todo eso. En el seno de
la nueva gran coalición, Putin parecerá un santo en comparación
con algunos de sus compañeros de cama.
¿Nadie se acuerda ya de la protesta contra lo que se consideraba
colonialismo económico del G-8? ¿O contra el saqueo del Tercer
Mundo por las incontrolables multinacionales? Praga, Seattle y Génova
nos mostraron turbadoras escenas de cabezas rotas, vidrios rotos,
violencia callejera y brutalidad policial. Blair estaba
profundamente impresionado. Pero el debate siguió siendo válido,
hasta que se ahogó en la oleada de patriotismo, hábilmente
explotado por Estados Unidos SA. Mencione hoy Kioto y se arriesgará
a ser tildado de antiamericano. Parece que hubiéramos entrado en un
nuevo mundo orwelliano en el que nuestra fiabilidad como camaradas
en la lucha se midiera por el grado en que invocáramos el pasado
para explicar el presente. Insinuar un contexto histórico para las
atrocidades recientes equivale a justificarlas. Quien esté con
nosotros no lo hace. Quien lo haga, está contra nosotros.
Hace 10 años me estaba convirtiendo en un pelma idealista al contar
a todo el que quisiera escucharme que con la guerra fría nos estábamos
perdiendo una oportunidad irrepetible de transformar la comunidad
mundial. ¿Dónde estaba el nuevo Plan Marshal?, suplicaba. ¿Cómo
es que los y las jóvenes de los Cuerpos de Paz Estadounidenses, de
los Servicios de Voluntariado en el Extranjero y de sus equivalentes
europeos no se presentaban a millares en la antigua URSS?
¿Dónde estaba ese estadista de categoría mundial, ese hombre
moderno, con la voz y la visión necesarias para definirnos los auténticos,
aunque menos llamativos, enemigos de la humanidad: la pobreza, el
hambre, la esclavitud, la tiranía, las drogas, las guerras
incontroladas, la intolerancia racial y religiosa, la avaricia?
Ahora, de la noche a la mañana, gracias a Bin Laden y los suyos,
todos nuestros líderes son estadistas de categoría mundial, que
proclaman sus voces y sus ideas en lejanos aeropuertos mientras
ponen plumas en sus nidos electorales.
Ha habido mucha mención desafortunada, y no sólo del signor
Berlusconi, a la cruzada. Naturalmente, implica una exquisita
ignorancia de la historia. ¿Realmente proponía Berlusconi liberar
los santos lugares de la cristiandad y castigar a los paganos? ¿Lo
proponía Bush? ¿Soy un impertinente si recuerdo que perdimos las
cruzadas? Pero no pasa nada: se reprodujeron mal las palabras de
Ber-lusconi y la referencia presidencial ya no es operativa.
Mientras tanto, el nuevo papel de Blair como intrépido portavoz de
EE UU avanza rápido. Habla bien porque Bush habla mal. Visto desde
el extranjero, Blair es, en esta asociación, el veterano estadista
inspirado, con una legitimidad intachable, mientras Bush (¿osa uno
decir esto estos días?) prácticamente ni fue elegido.
Pero, ¿qué representa Blair, el veterano estadista? Ambos van
subiendo en sus respectivas puntuaciones y, si se saben sus libros
de historia, son conscientes de que una buena puntuación el Día 1
de una peligrosa operación militar no garantiza la victoria el día
de las elecciones.
¿Cuántas bolsas de cadáveres estadounidenses puede soportar Bush
sin perder el apoyo popular? Puede que tras los horrores de las
Torres Gemelas y el Pentágono los estadounidenses quieran venganza,
pero tienen poco aguante respecto a derramar más sangre
estadounidense.
Blair, como le dice todo el mundo occidental salvo algunas voces
desabridas de su país, es el elocuente caballero andante de EE UU,
el valiente y leal paladín de esa delicadísima criatura del Atlántico:
la Relación Especial. Otra cosa muy distinta es si se ganará el
favor de su electorado con ello, porque Blair fue elegido para
salvar al país del hundimiento, no de Osama Bin Laden. La Gran
Bretaña que lleva a la guerra es un monumento a 60 años de
incompetencia administrativa. Nuestros sistemas sanitario, educativo
y de transportes están en la ruina. Está de moda describirlos como
'tercermundistas', pero hay lugares del Tercer Mundo que están
mucho mejor.
La Gran Bretaña que Blair gobierna está marchita por un racismo
institucionalizado, una dominación del hombre blanco, unas fuerzas
policiales caóticamente administradas, un sistema judicial estreñido,
una riqueza privada obscena y una vergonzosa e innecesaria pobreza pública.
En su reelección, caracterizada por una deprimente escasa
asistencia a las urnas, Blair reconoció estos males y humildemente
admitió que estaba advertido y debía corregirlos.
Así que, cuando percibimos el noble latido de su voz mientras a
regañadientes nos conduce a la guerra, y nuestro corazón se eleva
con su incuestionable belleza retórica, vale la pena recordar que
también puede estar advirtiéndonos, sotto voce, que su misión
ante la humanidad es tan importante que quizá tengamos que esperar
otro año para esa urgente operación médica, y muchos más para
poder subirnos a un tren seguro y puntual. No estoy seguro de que éstos
sean los temas de la victoria electoral dentro de tres años. Al ver
a Blair, y al escucharle, no puedo evitar tener la impresión de que
está en una especie de sueño, caminando peligrosamente por un
peligroso y propio tablón para arrojarse al mar.
¿He dicho guerra? Me pregunto si Blair o Bush habrán visto alguna
vez a un niño hecho pedazos, o habrán presenciado el efecto de una
batería de bombas sobre un campo de refugiados desprotegido. Ver
cosas tan terribles no es condición necesaria para el generalato, y
no es una experiencia que desee a ninguno de los dos. Pero me asusta
ver rostros políticos sin un rasguño brillando a la luz del
combate y escuchar voces políticas pijas endureciendo mi corazón
para la batalla.
Y, por favor, señor Bush, de rodillas se lo pido, señor Blair,
dejen a Dios al margen. Imaginar a Dios luchando en la guerra es
atribuirle los peores locuras de la humanidad. Si algo sabemos de
Dios, cosa que no pretendo, es que prefiere envíos eficaces de
alimentos, equipos médicos especializados, comodidad y buenas
tiendas de campaña para los sin techo y los desposeídos, y la
aceptación decente y sin peros de nuestros pecados pasados junto a
la voluntad de enmendarlos. Prefiere que seamos menos avariciosos,
arrogantes y evangélicos, y que despreciemos menos a los
perdedores.
No se trata de un nuevo orden mundial, aún no, y no es una guerra
de Dios. Es una acción policial horrible, necesaria y humillante
para reparar el fallo de nuestros servicios de inteligencia y
nuestra ciega estupidez política de armar y explotar a fanáticos
islamistas para que lucharan contra el invasor soviético, y después
abandonarlos en un país devastado y sin líderes. Por ello es
nuestro triste deber buscar y castigar a un puñado de fanáticos
religiosos moderno-medievales que, por esa misma muerte que nos
proponemos asestarles, adquirirán talla de mito.
Y cuando acabe, no habrá terminado. En las secuelas emocionales de
su destrucción, los siniestros ejércitos de Bin Laden, en lugar de
desaparecer, reclutarán a más gente. Lo mismo ocurrirá con el núcleo
de callados simpatizantes que les dan apoyo logístico. Con cautela,
entre líneas, se nos invita a creer que la conciencia de Occidente
se ha vuelto a despertar ante el dilema de los pobres y desposeídos
de la Tierra. Y es posible que del miedo, la necesidad y la retórica
haya nacido un nuevo tipo de moralidad política. Pero, cuando
callen las armas y se logre una paz aparente, ¿EE UU y sus aliados
se mantendrán en sus puestos o, como ocurrió al final de la guerra
fría, colgarán las botas y volverán a casa, a sus patios
traseros? Aunque esos patios traseros nunca vuelvan a ser ese lugar
seguro que una vez fueron.
John Le Carré es escritor británico.
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