Kasandra zarpa de nuevo para adentrarse en el disgusto colectivo, para contaminar la calle y la mirada, para azuzar la suspicacia de amigos y enemigos, y para estimular la graciosa estupidez de funcionarios y predicadores.
Este navío de gestos y palabras aspira a salpicar de dudas la tarde y quiere naufragar en el iris de sus lectores. ¿Será posible?
Yo no sé a ustedes, pero a mí esta cultura de fin de siglo, este disparate de informática y cárceles repletas, la orgía de las máquinas en la calle y los asesinatos en el desayuno y a todo color, me produce una especie de sarna espiritual irreversible. El siglo XX ha exhibido una ceremonia de violencia y desastre que a duras penas creeríamos si tan sólo detalláramos unos pocos eventos. Ni qué decir del milenio que también se acaba. Pero al igual cabe preguntarse ¿Cómo invisibilizar la belleza que simultáneamente ha emanado de ese nudo de contradicciones, las delicias que han creado los más disímiles personajes y que nos llegan no sin cierto esfuerzo, extravío y mitomanía... no sin cierto dolor? Qué decir de los códices mayas o aztecas, de las pirámides de Tikal y las obras de Uxmal o Chichén-Itzá, complejo testimonio de arte y sacrificios humanos, astronomía y cosmología, admiración por el mundo y apoyo logístico del tiempo y del fuego del amanecer; de las figuras de la Isla de Pascua, la música de Heitor Villalobos o Carlos Chávez, el gordo Bach o el animal asombroso de Beethoven, la Opera No japonesa y Chaikowski, los comics de Superman, el enigmático Berg o Schönberg, de la poesía nica y el Son cubano, la obra de Cortázar y Luis Felipe Noé, los Beatles y Jim Morrison, U2 y los Sex Pistols, Bela Bartok y Mahler, Rubén Blades y los Stones, Picasso, Frida Kahlo y El Bosco, Wilfrido Lam, Max Jiménez y Huidobro, del mundo atormentado de Mishima o la sabiduría de la Durás, Yourcenar y Beauvoir, del cosmos de Donoso, Sade y Baudelaire, Kundera y Bukowski, Cioran y Beckett o del juntacadáveres Onetti -¡por-la-gran-puta!-, para mencionar una parte ínfima de un universo de pasión, inteligencia y ternura que nos asombra y transforma y que resulta ser de lo poco que dota de sentido a esta existencia insondable.
Pero hay un hecho cierto: todo ese cúmulo de belleza y creatividad ha sido puesto en venta y destinado a la propiedad individual de quienes pueden comprar "cultura". De ahí que algunos exhiban sus bienes culturales como si se tratara de un perro fino. La obra cultural de la humanidad ha sido destinada a la esfera de los privilegios, y eso no es más que cultura muerta. El capitalismo confisca cultura. Ser "culto" en el reino del mercado es sinónimo de estatus. La cultura de la calle, la cultura palpitante, el evento marginal, independiente de los consorcios "culturales" es peligroso y es sistemáticamente saboteado: cuando corre una mejor suerte lo disecan y lo encierran en museos y galerías, mientras que lo habitual es que se le omita, que se le niegue la calidad de obra artística y sea ignorado por los mandarines culturales. Esa misión la cumplen los ministerios de cultura, las instituciones educativas y culturales de variado tipo. La cultura del capitalismo es cultura de coleccionistas, es cultura póstuma. Para neutralizar la cultura de la calle, el capitalismo ha encontrado la fórmula que permite su burocratización y comercialización: el ritual anodino y cercado por policías de los «carnavales» o de las mal llamadas «fiestas populares», la cultura del entretenimiento imbécil al estilo sábados gigantes o los del barrio o mtv, la megamanipulación de los estadios y las iglesias, todo ello como contrapunto de un sistema de encierro social: el cautiverio familiar, educativo y laboral, o la cárcel y el manicomio... a incómodos precios populares.
Vivimos esa paradoja que pareciera marcar a toda sociedad: brutalidad y hermosura, amor y rabia, encanto y violación, fantasía y despojo, crimen y caricia, virtud y delito, vino y pesticida. ¿Acaso no nos movemos entre los extremos de ese espectro, visitando aleatoriamente los lugares intermedios, los intersticios tal vez, en el desatino de un tránsito a no sabemos exactamente dónde? ¿No se han preguntado alguna vez -queridas y únicas amigas-, cómo es posible esta cultura que vivimos los últimos habitantes del mundo, los moribundos del siglo xx? Esta cultura del culto al trabajo y a la fatiga, este sistema del miedo, de la reclusión y la prohibición, de alegrías controladas y del goce a duras penas, de la vigilancia y el castigo, del placer a plazos y cuando se puede, en donde en apariencia todo está permitido y resulta que estamos rodeados por unas alambradas feroces, y lo que es peor: nosotros mismos, como buenas víctimas, como cadáveres obedientes, cerramos el círculo de la dominación, lo hacemos posible, le damos realidad. ¿No es cierto que hace falta un gran esfuerzo para llegarle a las mismas fuentes de la belleza y el placer, que la solidaridad y la dignidad resultan ser un acto de conciencia y lucidez tan difíciles como lograr arribar a cualquier otro de esos mundos posibles o imposibles?
¿Será nuestra cultura un ritual irremediable de dolor, del dolor colectivo que irradiamos cada cual y que magnificamos como una sociedad que exhibe sacrificios, que hace de las víctimas su espectáculo más rentable? ¿Estaremos inevitablemente enfermos, secretamente contaminados, llagados como cultura, amenazados por una infección ancestral?
Albert Camus al preguntarse «¿qué es la peste?» respondió: «es la vida y nada más». Posiblemente eso es lo que nos negamos a aceptar: nuestra humanidad como herida, como nudo deforme en donde se entreteje lo abyecto y lo sublime, como tumoración desenfrenada y alarido disonante: poblada de uñas y sinfonías, de fauces y de labios, de manos y garras, de sonrisas transparentes y de torvas miradas. Así como Abraxas: dios y demonio.
¿Podremos revolcarnos en ese barro sucio de la vida y enseñar violentamente el rostro y escupir el proyecto de existencia que nos imponen a diario los que manejan esta nave de locos y resistir como último acto feroz, como único acto de dignidad, levantando la bandera de los derrotados de todos los tiempos y asumirnos solidarios, rebeldes, incómodos, molestos, incendiarios? Aquí en KASANDRA creemos que sigue siendo apremiante la palabra disidente, que el gesto subversivo es hermoso y necesario, que lo único que puede empapar de sentido a la vida es sacudirnos el atontamiento del sentido común y la normalidad que imponen los mercaderes de la política y los políticos del mercadeo. Los dioses y semidioses han muerto. Todos los políticos nos piden sacrificio y nos prometen un mañana promisorio. Despreciamos esa esperanza en un futuro mejor porque esta sociedad no tiene futuro: sólo nos apasiona rechazar esta asfixiante dominación de cada día y crear espacios transitorios y efímeros de convivencia y creatividad. Reclamamos el derecho a la blasfemia y a la irreverencia. Queremos una revolución en libertad, un mundo divergente y placentero, un mundo fraterno y amable que posibilite la vida como carnaval y pantomima, como santidad sensual y voluptuosa, como un suave no-hacer-nada y que engendre una sociedad en la que quepamos todos, en la que la brutalidad del poderío quede reservado a las historias de la literatura fantástica. Pero ese mundo lo queremos ya, aquí y ahora.
Jorge Jiménez