Che Guevara

Del desencanto a la derrota
y de la derrota como forma de resistencia

Jorge Jiménez

Eso nos ha dejado mayo: el amor insobornable por las causas perdidas,
la conciencia lúcida de la superioridad estética de la derrota,
la fidelidad salvaje a esa estética como unica ética revolucionaria.
Gabriel Albiac.


verguita Unos días atrás Bob Dylan viajó a Italia y le cantó al Papa en la celebración de un congreso eucarístico. Hace 30 años sus canciones eran coreadas por aquellas multitudes que desafiaron y escupieron sobre todo lo que representa el Papa, es decir, la miseria de una vida culpabilizada por el pecado, la sumisión a la sotana y al uniforme, la postración ante el estúpido orden del empresario y del gobernante, la feligresía pusilámine e hipócrita de la masa sumida en la ignorancia y la dominación, en fin, la negación del cuerpo y del placer y la mezquina sacralización del principio de realidad. Ese fue el desafío de las muchedumbres que emergieron de Nanterre y la Sorbona en aquel glorioso mayo francés que culminó con 10 millones de obreros en huelga; de los centenares de miles que marcharon sobre Washington y que provocó la movilización de la guardia nacional porque habían amenazado con levantar el Capitolio entonando un mantra psicodélico, y acabar, de ese modo, con la guerra de Vietnam; de los 200 mil mexicanos que transitaron la noche de Tlatelolco y sobre los cuales disparó el presidente Díaz Ordaz doce días antes de las Olimpiadas; de los jóvenes que hicieron frente a los tanques soviéticos para defender aquella pequeña Primavera de Praga que amenazaba con agrietar el glaciar de la burocracia; y un par de años después, también aquél fue el alarido de los estudiantes ticos que nos lanzamos por miles para asaltar la Asamblea y tomar la avenida central, porque despreciábamos a los padres de la patria, en especial cuando regalaban esta tierra en pedazos a las transnacionales, porque queríamos prolongar indefinidamente la hora del recreo y tirar los cuadernos de clase repletos de datos inútiles, porque rechazábamos las normas y reglamentos -esa metafísica para monos, como dice Ciorán- y a todos los profesorcitos que nos echaban de clase por usar nuestras palabras, por echar al vuelo nuestras cabelleras apabullantes, por inhalar la yerba sagrada y por pretender construir un mundo de las dimensiones del Che, de Lennon, de Víctor Jara y de Jim Morrison.

Los guardianes del orden se excusaron ante sus superiores diciendo que éramos demasiados -y no era cierto, porque éramos todos. Todos decíamos que esta vida que nos habían heredado no era vida ni era nada, todos teníamos en una mano los sueños y en la otra una piedra, todos sabíamos que la respuesta del amigo, que la sonrisa de la amiga soplaba en el viento; todos pedíamos con una ingenuidad salvaje la imaginación al poder, todos éramos realistas, pedíamos lo imposible, y hacíamos el amor y no la guerra, por que todo lo que necesitábamos era amor y pintamos submarinos amarillos por todos los rincones de la ciudad, por donde soplaba la brisa inconfundible de esa anomalía salvaje que se llama revolución.

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Pero ¿qué pasa hoy en día cuando Bob Dylan entona un réquiem con toda una generación que terminó aullando con los lobos y temblando con las ovejas; cuando Fidel Castro estrechó la mano del mismísimo emperador católico; cuando de los hijos de Marx y Cocacola lo único que queda es Cocacola? Y más cerca de nosotros ¿qué pasa hoy en día cuando la llamada generación de Alcoa, aquellos que fundaron la nueva izquierda costarricense son hoy los prosaicos escritores de la Nación, y los que en busca de la virginidad perdida, hicieron profesión de fe socialcristiana o liberacionista o sencillamente gobiernan hoy con el neoliberalismo figuerista?

Cuando ya no hay alternativa, el discurso no tiene otra función más que la de profundizar en esa carencia; cuando han muerto las utopías, o tal vez mejor, cuando las hemos aniquilado, lo que nos corresponde es ahondar en ese vacío que nos ha convertido a todos en moribundos, en casi cadáveres. En esa utopía de una sociedad sin utopías que vivimos en la Costa Rica globalizada, en el mejor de los mundos posibles, se hace necesario reconocer los rostros de los sepultureros y puede que el careo nos sorprenda.

Para decirlo de alguna forma, acá en nuestra América Latina lo que padecemos no es la muerte de las utopías sino, sencillamente, la muerte de la gente. Las dictaduras de Suramérica, la guerra centroamericana, así como la nueva ofensiva gringa con la careta de la guerra contra las drogas, y en especial ese sofocante diario vivir en el capitalismo de fin de siglo, ese panorama desolado de brutalidad, sin alternativas y de un aburrimiento infinito, todo ello en conjunto se ha encargado de llevar a cabo esa tarea: matar a la utopía con el utopista incluido.

Y para iniciar el careo con los sepultureros de la utopía, quiero referirme a unos cuantos aspectos significativos relacionados con la conmemoración de los 30 años del asesinato de Ernesto Che Guevara, que se celebr[ó] durante esta semana.

Un primer asunto se refiere a la recuperación oportunista que algunos hacen del Che, tras la que se esconde la oposición y sabotaje que realizaron los partidos comunistas latinoamericanos a su lucha en Bolivia. Los viejos partidos comunistas se plegaron a la política exterior de la Unión Soviética, a la que el Che había realizado críticas fundamentales y frente a la cual se irguió como el revolucionario indómito que respaldó su discurso con su vida. El Che, frente al conservadurismo soviético que negociaba las áreas de influencia con los Estados Unidos, planteó e impulsó con su praxis la tesis de extender la revolución a todo el Tercer Mundo. Resulta repugnante ver a los viejos estalinistas apropiarse de la memoria del Che después de que en vida dijeron de él que se trataba de un aventurero y de un ultraizquierdista, y lo dejaron aislado en la selva boliviana. Ahora les resulta cómodo y hasta provechoso exhumar el cadáver del guerrillero porque, similar a lo ocurrido con Lennon, en torno a su imagen se ha construido un mito popular de las mismas dimensiones de Zapata o Sandino.

La elaboración del Che como mito no está libre de riesgos. Uno de ellos se manifiesta en una especie de santificación de su figura la cual, pareciera en algunos casos ser la expresión genuina de los sectores populares para mantener viva la memoria del guerrillero. Pero por otro lado, me parece que una tendencia deliberada en ese sentido no haría más que momificar la imagen de Guevara y con seguridad él sería el primero en escupir contra ese intento. En algunos de sus textos, el Che mostró una cierta tendencia mesiánica, por cierto muy propia de los revolucionarios de su época. Pero de ello no puede seguirse ningún espíritu de sacralización, en el tono del San Ernesto de la Higuera, lo cual, me parece que corre el peligro de caer en la idolatría y la postración beata y por tanto en la inmovilidad política. A mi me entusiasma ver a muchachas y muchachos con una imagen del Ché, de Morrison o de Malcom X en sus camisetas. Hay en ello un gesto de rebeldía y de disidencia estética que considero valioso. Cuando los veo armados con sus melenas y sus emblemas me da la sana impresión de que no se dirigen a trabajar como ejecutivos de ventas o algo por el estilo. Sin embargo constantemente me pregunto si quienes portan esas imágenes son conscientes de que una forma de profanación simbólica muy característica del capitalismo ha consistido en expropiar de sus signos distintivos a los grupos disidentes de la sociedad y en convertirlos en objetos de consumo masivo. Con el signo del amor y la paz, la A del anarquismo, y con muchos rostros de revolucionarios se ha saturado un mercado que en muchos casos lo único que busca es consumir una imagen rara. De tal modo, el Che ha sufrido, como todo lo potencialmente peligroso para este sistema, la trivialización descomunal que se produce al saturar el mundo con su imagen muda, carente de contenido y sin un sentido que vaya más allá del puro fetichismo mercantil, digámoslo de una sola vez, la sociedad del espectáculo ha reducido al Che a la rebelión de la camiseta.

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Una de las variantes de la recuperación religiosa consiste en la conversión del Che en un héroe, es decir, en la secularización del santo. Me parece que sus sobresalientes cualidades intelectuales, su espíritu de solidaridad y compromiso popular, su entrega sincera y abnegada a la lucha por la liberación latinoamericana, deben ser valoradas y celebradas críticamente y a escala humana, y no como si se tratara de un semidios. El Che marchó junto al pueblo cubano en el desarrollo de la revolución y ejerció responsabilidades sociales y políticas extraordinarias durante la década de los 60. Su ruptura con la dirección cubana y su traslado a Bolivia son temas controversiales y que están en discusión, pero, en lo fundamental, arrojan luz sobre el ímpetu revolucionario de Guevara y su firme decisión de continuar respaldando con su práctica política la ideología que profesaba. Por todo ello el Che ha merecido mi respeto, mi admiración y mi afecto. Pero creo que nada más. No encuentro santo ni héroe a quien idolatrar, creo que con ello traicionaría su memoria. Sus escritos muchas veces dejan la impresión de que tenía todo demasiado claro y ese aspecto es el que menos me gustó. Yo he sido más afín a los espíritus hamletianos, a los que están heridos por la duda. Creo que se hace necesario poner en perspectiva y discutir muchos aspectos de su pensamiento tales como su concepción del trabajo, la ética que profesó y sus diversas tesis revolucionarias.

Estos pocos aspectos -señalados a la ligera- me parece necesario mencionarlos si queremos hacer una conmemoración respetuosa y no santurrona ni mercantil del significado de su vida y de su obra. Recupero de Guevara su profundo sentido de rebeldía e insumisión, recupero su sonrisa y el ahogo de su asma, en especial, en este final de siglo, cuando todos los héroes han muerto.

En los últimos 20 años hemos vivido el tránsito del encanto al desencanto colectivo y quienes no han sucumbido a la postración han buscado refugio en la nostalgia. Bajo sus efectos narcotizantes, muchos quieren resucitar los tiempos idos, los tiempos de la utopía y con ello, pretenden reivindicar el socialismo que se vivió en la Unión Soviética o en los países del este europeo. Es decir, suspiran por un régimen que se instauró en nombre de la utopía, que surgió como el intento de liberar a la humanidad de la explotación y la miseria. Pero... en qué se convirtió el socialismo histórico sino la etapa superior del capitalismo de nuestro siglo. Bajo el nombre de socialismo se instauró un sistema opresivo de adoración y obligación del trabajo, de la mitificación del proletario-esclavo, todo ello iluminado por el aura de una moral puritana, natalista, disciplinaria, de la obsesión por la técnica y el progreso, del culto a la personalidad del dirigente de turno, del autoritarismo y brutalidad burocrática, de la conversión de Marx en dogma sacramental, en ortodoxia, en gulag y hospital psiquiátrico. Es decir la esencia del capitalismo con un ropaje socialista.

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A mí me gustaría concluir esta precaria intervención, preguntándome por el papel que ha desempeñado el tema de la esperanza en la configuración del imaginario utópico y en la praxis de quienes aspiramos a un mundo de las dimensiones del sueño y de la desmesura del deseo.

Al parecer, el tema de la esperanza encuentra su origen en la teología. Es una de las llamadas virtudes teologales y su símbolo es el ancla. Tiene una clara connotación milenarista, es decir, consiste en lo fundamental en la espera de la segunda venida de Cristo. Asunto del cual, debo aclarar, que no entiendo mucho. En América Latina ha constituido el tema central de la teología de la liberación y de punto de confluencia entre el cristianismo y el marxismo. Ha sido el eje central -como es bien conocido- de la obra del filósofo Ernst Bloch, y ha adquirido una presencia que pocos se atreven a discutir en la teoría utopista de nuestros días. Mi cuestionamiento se orienta a interrogar si la esperanza no se ha convertido en un principio de dominación y sometimiento, independientemente de la intención de quienes la profesan. A continuación esbozo algunas sugerencias en ese sentido.

La esperanza hoy en día está presente en el discurso del cura, del empresario, del político, del tecnócrata y -aunque parezca increíble-hasta en lo que dice el periodista . En esta corriente la esperanza es formulada en su versión más vulgar, es decir como sometimiento ramplón y complaciente. Ya he mencionado el saqueo que el aparato de dominación realiza del lenguaje y de los símbolos que le son peligrosos. En buena medida, esa suerte la ha padecido el tema de la esperanza en boca de quienes ejercen el poder simbólico y material. Sin embargo pareciera que, en términos genéricos, la esperanza es un mecanismo por el cual se posterga la consecución de aquello por lo que se lucha. El que espera ha pospuesto lo que quiere y no le queda más que sostener la "fe" en un futuro promisorio, en el advenimiento de una justicia salvífica, es decir, en algo que viene a ser el reino de los cielos o alguna de sus versiones seculares. En la izquierda cristiana, hasta donde entiendo, se postula como principio de resistencia popular y como tiempo para preparar la lucha por la justicia y la igualdad. El principio de la esperanza es, en ese sentido, el principio que impide aceptar la derrota. En la versión de los políticos y mercaderes constituye la ética del sometido que engañándose a sí mismo aspira al éxito; es, se puede decir, el placebo de los esclavos que se imaginan así mismos como exitosos. La versión de izquierda articula la ética de la resistencia con la construcción de una hipotética sociedad futura. Y ahí creo encontrar la razón que nos puede llevar a su cuestionamiento.

Cuando perdemos la esperanza, cuando aceptamos esta vida en el capitalismo como derrota, como vida sin futuro posible, me parece que se puede articular una praxis de la resistencia como verdadera insumisión, como radical transgresión que no negocia, que no posterga el aquí y el ahora por futuros hipotéticos. La ética de los derrotados en nuestro tiempo podría ser una ética capaz de confrontar el mundo de simulacros y seducciones que nos ofrece la lógica de la dominación. Parafraseando a Marx, se puede decir que "sólo los derrotados son quienes no tienen nada que perder, excepto sus cadenas".

Spinoza, el maledictus, decía en su Ética que la esperanza va acompañada por el temor y es una de las pasiones que disminuyen el ser. La esperanza creo que conviene cuestionarla en tanto se conciba como principio de postergación, como ética de mediación y aplazamiento de lucha.

Debido a que me reconozco como un derrotado en este proyecto de sociedad, ya que me considero un perdedor en este mundo de escaladores exitosos, de siervos sonrientes y optimistas, resisto con la radicalidad que me da el asco de codearme con los que gozan de poderío y riquezas, resisto con la repulsión que me dan los mandarines y faraones y todas sus desteñidas caricaturas de nuestros días.

Me pregunto si la radicalidad de la resistencia consiste en perder toda esperanza de futuro, en saber que la lucha que emprendemos siempre es la última, que no hay otro sentido en nuestra insumisión que la plena insolencia que nos da nuestro derrota en esta sociedad.

Walter Benjamin hablaba en favor del pensamiento negativo que tiende a subvertir toda forma de dominación. Un redimensionamiento del nihilismo en esos términos, me parece que nos permitiría comprender mejor el espíritu de la juventud posterior a los años 60, es decir, aquella que ha encontrado su expresión en el punk, el heavy metal y las distintas subculturas que aparecen en el final de siglo.

Hay veces que sospecho que la radicalidad reside en mantener constantemente erotizado el deseo de revolución, la gran fiesta que combina la insurreción callejera con el alarido del rock, la ironía y el humor, el carnaval y exceso lujurioso, la mueca burlona frente a todo autoritarismo y solemnidad religiosa o política. Se trataría, entonces, de no esperar ningún advenimiento del reino de los cielos, de ningún hombre nuevo, ni sociedad futura. No hay nirvanas, no hay paraísos. Se trata, posiblemente, de la resistencia de cada día de quien no espera nada, de una lucha de desesperanzados, de una revolución sin esperanza.

Nos dice Gabriel Albiac, de quien me he apropiado de varias ideas: «Congelada en el aire, la flecha de Zenón de Elea nos sigue contemplando. No esperéis que se mueva. Destruidla».

Lectura realizada en el
Centro Cultural Español,
San José, Costa Rica,
8 de octubre de 1997.


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