"Los libros que el mundo llama inmorales
son los que le muestran su propia vergüenza"
-Oscar Wilde
Por Pablo alias "Catón".
Es curioso que en estos días de completo descaro, en los que ya sólo se confiesan los pecados
que no se gozaron en su ejecución, la censura siga siendo en muchos aspectos un tema tabú. Es tal vez
el único tema relacionado con la inmoralidad que la censura misma ha logrado realmente silenciar;
porque hay que saber que el censor realiza un mayor trabajo de censura impidiendo que se hagan
patentes los verdaderos motivos que lo llevan a censurar, que en torno a la exhibición del mismo
objeto inmoral que pretende que sea erradicado (especialmente esas escenas álgidas de películas cuyas
atracciones principales son senos fotogénicos, impúberes desolladores, violadores en serie o Cristos en
época de celo).
Nadie sabe qué cosas extrañas suceden dentro de la oficina de censura, en donde los seguidores de esta secta persecutoria, los censores, procuran supuestamente evitar que caigamos en el lado oscuro de la libido. Pero más misterioso ha de ser lo que ocurre dentro del hipotálamo de esos infames orgasmicidas que tan vilmente traumatizan a los niños desamparándoles sus testosteronas incipientes. Porque aunque de día son personas con neurosis completamente normales, dentro de la oficina de censura los censores se convierten en criaturas irascibles, energúmenos ansiosos de que se les ofrezca la segunda mejilla y dispuestos a crucificar a los que no imiten la versión más moral de Cristo usando si fuera preciso sus crucifijos en vez de clavos, y todo ad maiorem Dei gloriam.
Pero, ¿por qué ese odio? ¿Por qué en nadie como el censor es tan válido aquello de que la violencia engendra violencia? Ni ellos mismos se creen ya que lo hacen para evitar la degeneración social: hoy día no son tan ingenuos como para figurarse, como hacían antes, que los demás no nos podíamos dar cuenta de sus retorcidas intenciones. Como es conocimiento general, la censura, ese homenaje público que la virtud rinde al vicio, es totalmente inefectiva en su labor de ahogar las tentaciones, y más bien las promueve. No ha habido gran escándalo que no haya empezado a existir antes de que se lo censurara, y la serpiente no tuvo tal vez mejor forma de ocasionar la caída en la tentación que prohibiendo, con aún mayor énfasis que Yahvé, el comer del fruto prohibido.
Muy otras me parecen las motivaciones del censor, y de eso quiero charlarles, para que aprendan de todo. Hablo, en todo caso, del censor de verdad; de ése a quien le sale espuma por los nostrilos cuando ve un pezón fosforescente, no de los que hacen redadas semiclandestinas para aparecer en televisión y dar realce a una campaña política que aún no ha empezado. Por otra parte, hablo además del censor medio, no de esos "superellos" que fundan ramas nuevas de estudio en el psicoanálisis, caracterizados por ser quienes más gustan de lo que atacan. Tal fue el simpático caso de J. Edgar Hoover, quien trató de que en todos los Estados Unidos nadie más que él pudiera ser lo que él mismo tan gustosamente personificaba en las fiestas privado-depravadas del "efe".
El censor del que hablo es más bien el censor vulgarzón, el recatadillo a quien en verdad le molesta lo que ve en la pantalla. Mi invectiva contra ellos no es sin más la simple acusación de hipocresía, o de doble, o media, moral, aunque algo hay de eso. Mi sugerencia es más bien sencilla, creyendo de verdad que le hace justicia al asco sincero del censor. Para empezar, el censor es alguien que tiene fuertes tendencias a lo erótico o a lo violento, pero de alguna manera abstrae de estos impulsos todo lo que su sociedad le dice que de no ético o indigno hay en ellos, disimulando su existencia. Y precisamente cuando el censor se enfrenta ante una obra cuyo sexo y cuya violencia están diseñados con todo ese pícaro sabor de disonante vulgaridad, entonces sus propios anhelos eróticos y violentoides, que en su imaginario revestían una dignidad intachable, son exhibidos en todas sus facetas, tornándoseles ante sus ojos en algo totalmente repugnante e indigno, por no decir en algunos casos que irrisorio. Se le quita al censor lo más valioso que tiene: su idea de una sexualidad y una violencia respetables. ¡Cómo no va a aullar!
Prueba de esta tesis es que los mismos censores que dejarán pasar una cantidad de violencia abrumadora con tal de que esté justificada o heroificada por una buena causa, y además representada de una manera que no se considere el sufrimiento de quien la sufre, se morderán la nariz cuando se exhiba demasiado el lado puramente perverso de la violencia, o peor aún, cuando se exhiba una violencia en plan de denuncia que nos haga parecer incierta y problemática la línea que divide lo heroico de lo patológico (recordemos A Clockwork Orange, Taxi Driver, Natural Born Killers...). Asimismo, los censores a los que poco les alarmará que aparezca todo el ritual del coito, pero, eso sí, filmado con mucha elegancia y disimulo, con música astral en vez de gemidos, sin olvidar las tristemente célebres eyaculaciones hipotéticas, harán un furibundo corte de manga cuando se sugiera la menor pose animaloide, o más aún, cuando las personas que aparecen desnudas, como en las películas de la escuela realista, son llanamente feas.
El censor admitirá cualquier nivel de sexo o violencia con tal de que no se les vea el lado no ético, indigno o ridículo. El censor es alguien con su propio corazoncito para lo erótico y lo violento, y como ciudadano respetable, se preocupa de que no se ande desenmascarando por allí cuán viciosos son sus máximos valores. Muy lejos está su actitud de ser la de un altruista que no tiene los vicios que tiene su prójimo y que se preocupa de que su prójimo abandone: es más bien la del que siente que la apariencia de virtud en la que había arropado sus vicios está siendo amenazada por ese tipo desvergonzado de viciosos que sí admiten y exhiben lo vicioso de los anhelos que ambos comparten por igual.
